miércoles, 7 de enero de 2015

Mi experiencia nudista.

Estaba sentado frente a la pantalla del ordenador, a las cinco de la madrugada del siete de enero del año 2015. Me apetecía comer spaghetti, y fui a la cocina, abrí la nevera y cogí el recipiente en el que estaban los del día anterior. Pero el tomate se había pegado a ellos y en esos casos no me gustan nada, así que fui a la cocina y cogí una de esas ollas que hay a miles en mi casa, una pequeñita; tomé spaghetti del armario y lo partí todo en dos. Cogí lo que creí necesario para una ración y eché varios dientes de ajo que al hacerse con los spaghetti perdieron el picor, y eché todo en un plato, porque no había tomate para verterlo justo después de sacarlos de la olla y quería acompañarlos con algo. Y me di cuenta de que había una pequeña parte que se había pegado al suelo de la olla, así que cogí un estropajo de acero inoxidable y empecé a frotar a ver si se iba, pero ni así. Desistí y comencé a comerme los spaghetti, que estaban algo resecos pero sabían muy bien por los trozos de ajo cocido que había cortado después de sacarlos de la olla. Eran las seis menos veinte de la mañana, no había dormido nada. Así que me puse las zapatillas y abrí la puerta. Dejé el cerrojo echado y la puerta por dentro, de forma que no se pudiere cerrar gracias al pestillo, y cogí las llaves por si acaso después de apagar la luz de la cocina. Bajé las escaleras con seguridad, a esas horas no debía de haber absolutamente nadie en la calle. Salí de casa y cerré suavemente la puerta del portal, aunque no del todo, para poder abrirla al volver con un simple empujón. Fui con la olla al contenedor más cercano y, haciendo alarde de una cultura inimaginable y de una concienciación tremenda por el medio ambiente y los problemas que podría suponer tanto para el planeta Tierra como para las futuras generaciones, la eché al contenedor más cercano, el orgánico. No había nada en el contenedor, sólo algunos trastos, y estaba oscuro. Debía de haber venido el camión de la basura. Pero yo la tiré sobre una pequeña bolsa del fondo y conseguí lo que me había propuesto, hacer el menor ruido posible. Me di la vuelta y miré hacia ambos lados. Ni un alma. Si me desnudase ahora mismo, pensé, nadie me vería. Volvería a casa y yo nunca sería descubierto. Nunca antes me había excitado, sexualmente hablando, la idea de desnudarme en la calle, con toda esa gente estúpida propensa a señalar, que es de muy mala educación, y a reírse de la gente. Vamos, que yo no era, ni soy, un exhibicionista. Justo cuando mis manos se dirigían hacia el pantalón corto del pijama, al que acompañaba una camiseta publicitaria de la marca de tabaco Winston, vi a una persona que se acercaba a lo lejos. No llovía, pero llevaba algo parecido a un chubasquero, y se tapaba la cabeza con la capucha. Dejé que pasara mientras me apoyaba en un seto al lado del bar que está en frente de mi casa, cuyas luces de Navidad aún parpadeaban con gracia. Hice como si esperara a un amigo. Menuda gilipollez, pensé después. Esperar a un amigo a las seis menos veinte pasadas de la madrugada. Pero vamos, que el hombre pasó de largo y entonces me dije que, si no lo hacía en ese preciso momento, nunca lo haría. Así que, en cuanto desapareció, me bajé los pantalones y los calzoncillos al mismo tiempo y me quité la camiseta, y di un par de pasos antes de pensarlo mejor y quitarme las zapatillas también. Ya que lo hacía, que fuera en condiciones. Hacía frío, pero con el chute de adrenalina que tenía en el cuerpo la temperatura no me afectaba lo más mínimo. Tomé mi pijama, el calzado y la ropa interior con mi mano derecha y eché a correr, no muy rápido, hacia el portal. Abrí la puerta de un leve empujón, entré y subí la rampa, rápido y de puntillas. Justo al subir los tres primeros escalones tras los que debía girar a la derecha para ascender por los dieciséis restantes hasta el primer piso, en el que se encontraba mi casa, escuché un ligero silbido detrás de mí, y al girarme instintivamente pude comprobar que había sido una falsa alarma, que aquel sonido lo había causado la puerta del portal al cerrarse. Creo que no cogí el ascensor por el auténtico pavor que me daba la sola idea de que pudiese haber alguien bajando a la planta baja. Confiado y muy, pero que muy aliviado, comencé a subir las escaleras de una en una. Mis pies descalzos apenas hacían un imperceptible ruido al pisar las gélidas baldosas. Tap, tap, tap, tap, sonaban. Tap, tap, tap, tap. Y yo los oía todos. Tap, tap, tap, tap. Todos aquellos insignificantes y pequeños golpes de mis pies. Tap, tap, tap, tap. Y justo al llegar arriba, justo cuando mis ojos miraron hacia la derecha, en dirección a la puerta de la cocina por la que suelo entrar a mi casa, vi con horror que había alguien mirándome con un destello azulado y peligroso en la mirada. Mi madre. O eso pensé durante unas fracciones de segundo, mientras mi corazón bombeaba sangre al doble de pulsaciones por minuto de lo habitual. El tenue resplandor zafirino que vi no era más que la luz azulada en forma de círculo luminoso que proyectaba el televisor OKI de la cocina. Todo había sido un engaño, una burla, una broma de mal gusto que me había gastado mi percepción sensorial. La puerta estaba ligeramente abierta, con el pestillo extendido, y todo seguía tal y como yo lo había dejado. Cerré la puerta con mis llaves, caminé desnudo hasta mi habitación, encendí mi ordenador y me dispuse a escribir este relato.

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