jueves, 26 de junio de 2014

Volviendo a la vida.

El joven abrió los ojos. Ante él se encontraba una mujer. Era joven, no tendría mucho más de veinte años. La miró y comenzó a enfadarse. Era la misma joven que el día anterior. Ella sólo lloraba, y le había parecido de mala educación hablar, porque intuía que tenía que ver con él. Pero eso era absurdo, porque él no la conocía de nada. Pero la joven seguía llorando. Él la observó con odio. No le gustaba la gente que lo miraba tan fijamente. Ella se armó de valor al fin. Levantó su mano izquierda y con ella acarició la derecha del chico. Éste la quitó rápidamente. En aquel momento esa sensación le asustó, y murmuró algo entre dientes. Esa joven le caía peor por momentos.
—¿Qué quieres?—preguntó descaradamente.
Ella lo miró, después a la mano sobre la cual se había posado la suya, y más tarde a los ojos. A esos ojos marrones como las hojas de los árboles en otoño.
—No te acuerdas de nada...—susurró, y hundió su cara entre las manos para empezar a llorar de nuevo.
—No sé. Llevo aquí toda la vida, y a ti no te conozco de nada.—dijo el joven—¿Eres médico acaso?—
Ella negó con la cabeza.
—¿Y enfermera?—
—No—dijo, pero no añadió nada más.
La joven volvió a intentar tocar la mano del chico. El joven volvió a apartarla, siendo igual de brusco que la vez anterior. Ella lo miró lentamente y se levantó.
—Oye, ¿y por qué te vas ahora?—preguntó el joven.
Ella no se hizo de rogar a la hora de responder.
—Pues porque tengo que comer... Pero si quieres puedo comer aquí y hacerte compañía...—
—No, no me importa. ¿Por qué tendría que importarme?—respondió él, siendo todo lo cruel que pudiera para espantar a aquella chica.
—No es eso...—susurró ella, pero se quedó sin palabras. Una lágrima surcó su mejilla cuando se levantó y salió corriendo de la habitación.
Una enfermera entró, alarmada por la repentina huida de la joven, y preguntó—¿Ha pasado algo, Angelo?
—Angelo...—empezó él. Le gustaba su nuevo nombre, aunque no se acordaba de ningún otro—No, no pasa nada, sólo que se emocionó. No sé, se ha largado así como así—.
La enfermera chasqueó la lengua compadeciéndose de la chica.


La joven llegó al comedor, un poco más tarde que el día anterior. Miró sus ojos en un pequeño espejo de bolsillo y lo que vio no la impresionó. Se le había estropeado el maquillaje al llorar en el servicio. Le llevó unos instantes decidir qué iba a comer, pues el restaurante del hospital tenía mucha variedad, como todos los italianos. Se decidió por arroz y pasta, y de postre escogió helado.
Unos minutos después, cuando ya había terminado, su teléfono móvil comenzó a sonar. Aceptó la llamada, y oyó la voz de Angelo. Le pareció un sueño.
—Hola, ¿está ahí Stella?—preguntó la voz del joven.
—S-sí, soy yo.—respondió ella, intentando que no se notaran sus sollozos, que volvían a salir a la luz.
—Ah, eres tú.—dijo Angelo y, tan rápido como había llamado, colgó.
La joven gimió y dejó el postre sin acabar, necesitaba salir de allí, le ponían nerviosa todos esos trajes verdes del hospital. Pagó y se marchó fuera del local. Entró en una cafetería cercana. En su bolso llevaba un libro de literatura inglesa. Lo sacó mientras pedía un cappuccino y comenzó a leerlo, intentando distraerse, pero no lograba sacarse a Angelo de la cabeza. Desquiciada, arrojó el libro al suelo, causando un gran estruendo en el local, que se encontraba casi vacío. Unas cuantas miradas se posaron en ella, que se se agachó a recoger el libro murmurando un "lo siento" mientras lo hacía. Se volvió a sentar en el mismo lugar, pero no aguantó mucho tiempo allí. Se levantó y salió de allí lo más rápido que pudo, dejando un billete sobre la barra sin haber bebido su café. Ni siquiera se molestó en recoger el cambio. Anduvo sin rumbo fijo alrededor de veinte minutos, lo que no fue suficiente para poner en orden sus pensamientos.
Volvió sobre sus pasos al hospital, y se detuvo en los aseos para lavarse la cara y eliminar todo el maquillaje emborronado. Se limpió a conciencia durante unos minutos, despejándose con el agua fría, aunque, cuando salió al pasillo, de nada le sirvió el agua fría, y volvió a andar con esa forma tan triste de arrastrar los pies. Cada movimiento de sus piernas parecía necesitar un gran esfuerzo para completarse. Un paso, otro paso. Golpeó la puerta número 118 con los nudillos y, cuando escuchó un "adelante", entró lentamente. Vio sentado en la cama a un muchacho de unos veinte años, mirando con interés un cuaderno de sudokus. Ponía los números sin pensar si estarían bien colocados.
—Así no se hace.—dijo la joven.
—Tú eres la chica de antes, y la del teléfono, ¿verdad?—interrumpió Angelo.
—Sí.—respondió Stella—¿Cómo supiste mi número?—inquirió.
—Estaba ahí.—respondió el joven encogiéndose de hombros mientras, con la cabeza, señalaba su teléfono móvil, sobre la mesita de noche.—¿Qué decías sobre el crucigrama?—añadió.
—No es un crucigrama. Se llama sudoku, y no se hace como tú lo estás haciendo—.
—Pues sí, porque faltan números y yo los estoy poniendo—.
—Ya, pero no ha de hacerse de esa forma.
—Ajá—.
—¿Te enseño?—
—Como quieras.—respondió Angelo.
—Mira, tienes que lograr que haya nueve números diferentes en cada región, del uno al nueve, pero no se puede repetir ningún número en la misma columna o fila—.
—Ah.—obtuvo como respuesta por parte de Angelo, que observaba el pasatiempo con interés.
—Por ejemplo, si aquí abajo ya hay un ocho, no puede haber otro dos casillas más arriba—.
—Ah.—repitió el joven.
Estuvieron resolviendo el sudoku durante toda la tarde. Angelo no había dejado de ser áspero con ella, pero al menos no la trataba de forma tan descarada y descortés como al principio. Consiguió acabar él solo el sudoku y una sonrisa cruzó su cara al terminarlo. Aunque se fue tan rápido como había llegado.
—¿Dónde vas a dormir?—preguntó él.
—En mi casa...—respondió ella—Vendré mañana por la mañana.—
—Vale.—respondió Angelo, aunque no le hacía ni pizca de gracia que una fisgona lo visitase todo el tiempo.
Ya era de noche cuando Angelo vio por la ventana cómo aquella misteriosa joven se iba. Miró al cielo y vio una estrella fugaz durante unas centésimas de segundo. Estrella... eso le hizo pensar en aquella joven. La detestaba, pero no le molestaba hablar con ella, porque sabía muchas cosas que él mismo no comprendía. Volvió a sacar el cuaderno de sudokus y empezó a hacer uno. Pero pronto descubrió que se había equivocado, pues había dos números en la misma columna. Desquiciado, arrancó la hoja e hizo una bola de papel con ella. Abrió la ventana y la lanzó. Se tumbó en la cama y quedó dormido a los pocos minutos, ya tendría tiempo de arrepentirse al día siguiente.
Al despertar lo primero que vio fue, en la mesilla de noche de la parte izquierda de la cama, sobre la mesilla, una bandeja con zumo, leche y cereales. Y justo al lado estaba Stella.
—Buenos días.—Dijo ella.
—Déjame en paz.—respondió él—No me gusta que me miren mientras duermo.—
—Lo siento...—
—Y cállate.—añadió el joven, poniendo todo su empeño en mostrar un gran desprecio.
—Mejor vuelvo más tarde.—murmuró Stella.
—Sí, más tarde. Mejor, no vuelvas.—repondió Angelo.
La joven se levantó, pero esta vez no lloraba. Ya la habían advertido de la actitud notablemente agresiva de Angelo al no conocer nada de lo que le rodeaba. Bajó a la planta baja en el ascensor y salió del hospital. Caminó sin prisa hasta llegar a la misma cafetería del día anterior y pidió un café con leche. Esta vez sí se lo tomó, y por suerte nadie reconoció a la joven de maquillaje corrido del día anterior, aunque por si acaso se sentó en otra mesa y no sacó el libro. Se entretuvo jugando con la cucharita, moviéndola entre sus finos dedos, hasta que se empezó a aburrir. Se levantó, pagó el café y se marchó sin prisa, yendo hacia el hospital. Al llegar entró en el ascensor y pulsó el segundo botón, el que llegaba a la segunda planta. Al entrar vio a Angelo en la cama, curioseando su teléfono móvil.
—¿Qué haces?—preguntó ella.
—Pensar.—respondió él.
—¿Y en qué piensas?
—El teléfono móvil es mío, pero no entiendo lo de los contactos. Stella eres tú, pero... ¿Quiénes son todos los demás?
—Conocidos.—respondió Stella.
—Pero... ¿por qué los conoces tú y yo no? ¿No se supone que es mi teléfono?
—Eh... bueno, es que también son conocidos míos.
—¿Y a quienes conocemos los dos?-preguntó Angelo.
Stella se acercó y tomó el teléfono móvil.—Tu nombre es Angelo Cravioto, y este de aquí es tu padre—susurró señalando el nombre de un tal Luca.—Fue el hombre que vino antes de ayer y estuvo hablando conmigo. Tu madre Bianca vino con él, pero quiso quedarse fuera.
—Y a todo esto—dijo Angelo—, ¿qué hago yo aquí?—.
—Perdiste la memoria por un transtorno, la amnesia temporal. Y eso sucedió por tus nervios durante los exámenes que tenías que superar para obtener tu licenciatura en filología latina. Y estarás aquí hasta que los médicos estén seguros de que es amnesia temporal.
—¿Y quién diablos eres tú?—preguntó el joven.—¿Una compañera de clase?—añadió.
—Yo soy tu novia.—Respondió Stella.—Desde hace seis años.
—¿Y cuántos años tienes? ¿Y yo?
—Yo tengo 21, y tú 23.
Porca troia!—maldijo Angelo—¡No recuerdo nada de nada!
—Seguramente recobrarás la memoria en unos días.—dijo ella, y se levantó.—Termina de desayunar, llevaré todo abajo.
—No. Vete.—dijo Angelo.—No me apetece hablar con nadie ahora mismo.—añadió.
El joven se sentía muy mal. ¿Cómo podía haber amado a aquella mujer fisgona y maleducada, y no recordarlo? No se acordaba de nadie, no existía nadie en su mundo. No había nadie más que esa estúpida cotilla que no dejaba de mirarlo.


Stella salió de la habitación y se dirigió hacia la salida del hospital, y después entró en su coche. Lo arrancó y se marchó al piso que ella y Angelo habían tenido. Entró en casa, silenciosa, se desnudó, se puso el pijama y preparó una ensalada para cenar. Puso las noticias en la televisión mientras cenaba con algo de prisa y se lavó los dientes rápido. Luego caminó hacia la habitación con la cama grande y se metió en ella. Desde el accidente de Angelo le costaba mucho dormir, así que estuvo pensando alrededor de una hora qué hacer con él, qué explicarle, y también cosas de su pasado. Sobre una mesilla había una foto enmarcada de ellos dos en un viaje a Egipto. Recordó esos viejos momentos en los que habían sido uña y carne, en los que lo que menos importaba era el dinero y lo que más era su bienestar. Y justo cuando la lágrima que había resbalado por su mejilla y se había despegado de la nariz inclinada hacia abajo golpeó el suelo, justo cuando la salada lágrima se rompió en mil pedazos, sonó su teléfono móvil. Se frotó los ojos con las manos y se levantó buscando el bolso. Rebuscó dentro hasta encontrar el teléfono móvil y contestó sin haber mirado quién llamaba.
—¿Sí?—preguntó.
Ninguna voz contestó, sólo una respiración algo ronca.
—¿Angelo?—preguntó.
Siguió sin contestar.


En aquel hospital de Parma Angelo colgó el teléfono. No había sabido qué decir. Se tumbó en la cama y se tapó con la manta. Intentó recordar lo que sea. A Stella, a los demás amigos, a sus padres Luca y Bianca, y cualquier cosa que le trajese buenos recuerdos a la mente, o simplemente recuerdos... no lo consiguió. Soltó un gemido y echó a llorar mientras arañaba la sábana inferior de la cama con sus dedos y llenaba de lágrimas la almohada. Así se durmió Angelo, pensando que en toda su vida había sido un simple miserable que no había hecho nada digno de ser recordado. Había despertado sintiéndose vacío y se durmió creyéndose solo.


A la mañana siguiente un beso en la frente lo despertó. Cómo no, Stella. Pero, por algúna extraña razón, el beso no le molestó. Es más, le gustó. Sonrió ligeramente, pero al ver la cara de felicidad de la chica borró la sonrisa. Entonces recordó el episodio de la noche anterior y miró la sábana y la almohada tras reparar en Stella. Nada, ni una lágrima, ni un solo arañazo. No pensaba dejar que ella supiera que había llorado. Aquello le quitaría la poca dignidad que le quedaba, pensó.
—Buenos días.—Saludó ella, y señaló una tostada con mantequilla y miel sobre el escritorio.—¿Qué tal has dormido?—preguntó.—¿Fuiste tú quien me llamó?—preguntó mientras tomaba la mano del joven.
Él no se molestó en apartar la mano de la chica de la suya
—He dormido... bien. Y sí, fui yo. Pero creo que me quedé dormido y por eso no te pudo decir nada.
Ella sonrió, sabía cuándo decía la verdad y cuándo no, y al menos se alegró de saber que mentía exactamente igual que antes.
—¿Te apetece hacer un sudoku?—preguntó Stella buscando el cuaderno.
—Se lo di ayer a una enfermera para que lo tirase a la basura o se lo diese a otra persona. No me apetece hacer esas estupideces, quiero saber de mi pasado. Todo lo que puedas decirme. Sobre mi vida. Nuestra vida. Lo que sea. Si eres capaz de ignorar mi ignorancia, de no querer resolver mi problema de memoria junto a mí, puedes irte—.
—¡Claro que no!—replicó ella—¡Estoy aquí para lo que quieras!
Y Stella contó a Angelo todo lo relativo a su vida, aunque sólo lo general. Quiénes eran sus amigos de la universidad, cómo eran sus padres, cómo se habían conocido ellos dos, dónde vivían, lo relativo al coche y a la casa de ambos. Pero no fue suficiente. Él la miraba horrorizado.
—Son cosas muy bonitas... y no puedo recordar ninguna. Ni lo haré nunca. Estoy seguro—dijo, y ella lo abrazó.—No. No podemos seguir viéndonos. Déjame aquí. Haré una nueva vida. Creceré, con o sin mis padres, moriré aquí o en la calle, pero no viviré con una mujer de la que no estoy enamorado porque ni siquiera recuerdo haberme enamorado de ella. No te quiero.—dijo el joven, y ella también empezó a llorar. Pero no dijo nada.
Ambos se miraron a los ojos durante un instante y él prosiguió.—No quiero tener nada contigo... por favor, respétalo. No quiero tus estúpidos sudokus, ni tu tozudez, ni tu impertinencia, no quiero tu amor, ni tu cariño, no quiero que me estés vigilando cada vez que me levanto de la cama, ¡¡no quiero!!—gritó. Se soltó de su mano y la empujó contra la cama. Se separó y comenzó a dar vueltas a la habitación.—Tú no sabes lo que es sufrir este martirio, ¿verdad? Tener al alcance una vida en la que puedo ser feliz con alguien con quien no recuerdo haberlo sido. No sabes lo que es tener dos padres que ni siquiera han hablado conmigo, ni lo que es vivir en una casa cuya ubicación desconozco. No quiero una vida en la que tenga que aprender los nombres de todos mis familiares por segunda vez. Esto es horrible. Vete. No te quiero. No te amo. No quiero verte más por aquí. Me repugnas, te odio. ¡¡TE ODIO!!—gritó fuera de sí, apretando los puños tan fuerte que se hizo sangre.
Siempre fue tu mayor miedo el perder la memoria. Pero con los estudios no tenías tiempo de escribir un diario, ni nada por el estilo. Supongo que nunca podremos ser tan felices como lo fuimos hasta hace menos de una semana. Como solías decirme, I ricordi e l'amore...
—...vanno insieme—terminó él.
—¿Qué has dicho?—preguntó ella.
I ricordi e l'amore vanno insieme.—respondió él. Los recuerdos y el amor van de la mano. Algo cambió en su interior en ese momento. Accionó el interruptor de su mente.
Ambos se miraron a los ojos, y en aquella dulce e inocente mirada hubo más comunicación de la que podría haber habido en todas las palabras del mundo en aquel momento. Angelo se lanzó hacia Stella y la besó con amor, con pasión. Stella respondió al beso y acarició la nuca de Angelo. Al fin resucitaba, pensó el joven. Estaba volviendo a la vida.