viernes, 17 de mayo de 2013

Cálculo erróneo.

Alfred sonrió. Al fin lo había conseguido. Cerró la puerta tras de sí y abrió los ojos lentamente. Estaba en una estancia redonda de unos cuatro metros cuadrados. Era el acelerador de partículas... Era la primera máquina del tiempo. Científicos de todas partes del planeta habían intentado fabricar una desde que leyeron los libros de H.G. Wells a finales del siglo XIX, y los de Isaac Asimov a principios del siglo XX, basándose en la teoría de la relatividad de Albert Einstein. La teoría estaba totalmente bien excepto por algunos cálculos y porque haría falta un astronómicamente elevado nivel de energía para acelerar el continuo espacio-tiempo. Tomó lo que había llevado consigo a aquella sala por si algo malo sucedía. Abrió la mochila y echó un vistazo dentro. Sólo había comida y algunos utensilios que, sospechaba, no le harían falta en el año 2163. Como sólo había una forma de volver, tenía que tener cuidado. Era un cubo metálico que, colocándose en el suelo, formaba una plataforma en forma de cuadrado. Guardó el cubo en su mochila y, tras pulsar el botón rojo de inicio, se sentó dentro del límite marcado por la circunferencia roja con mucho cuidado. Un solo dedo que se encontrase fuera de la línea roja circular en el momento de inicio y una grandísima catástrofe podía suceder. Contó hacia atrás mientras toda la ciudad se quedaba sin energía. Diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos... se detuvo. Un ruido ensordecedor capaz de hacer explotar sus tímpanos se oía. Abrió los ojos y miró el contador de tiempo. Había sobrepasado los mil años que había establecido como destino temporal hacia el futuro. El contador iba en aumento, y en unos segundos ya había superado los tres mil años. Entonces tomó una decisión: pulsaría la palanca para detener aquello, pero sin tocar nada más, ni siquiera el suelo. Se levantó y estiró el brazo pero, justo cuando iba a alcanzarla, perdió el equilibrio. Intentó mantenerse en pie agitando los brazos durante una fracción de segundo, pero fue inútil, y cayó al suelo. Vio cómo los números del contador aumentaban cada vez más, sin que él pudiese hacer nada para cambiarlo. Una luz blanca iluminó la estancia, cegándolo. Cuando abrió los ojos la máquina a su alrededor había desaparecido, y sólo pudo ver un desierto. Kilómetros y kilómetros de arena, y nada más que eso. Alfred gritó y corrió con rapidez, tropezando y cayendo al suelo repetidas veces. Le pareció ver algo más allá de la arena, y subió a una duna bastante grande. Lo que vio lo dejó pálido. Era una ciudad, pero estaba derruida. Y no se veía ni un alma. Caminó alrededor de dos kilómetros hasta llegar. Aquello era peor de lo que el joven Alfred había pensado. Los edificios estaban abandonados; los semáforos y las señales, arrancados del suelo; los cristales de los locales, rotos, y las carreteras estaban agrietadas. El calor abrasador que notaba había derretido el asfalto, y no había ningún coche decente, todos parecían haber sido aplastados. El joven buscó por todas partes, pero no vio a nadie. Lo extraño era que no solamente no había rastro de humanos, sino que tampoco veía animales o insectos. El aire lo mareaba, seguramente por la abundancia de CO2. Cuando se sentó en un banco de piedra para comer algo de su mochila, se preguntó cómo diablos podría sobrevivir allí. De pronto el suelo comenzó a temblar bajo sus pies. Se levantó y corrió lejos, pero el temblor no cesaba. El calor había aumentado, no estaba seguro de poder salir vivo de allí. Abrió su mochila rápidamente y sacó lo que buscaba, el cubo metálico. Lo lanzó al suelo lejos mientras seguía corriendo. El cubo se había expandido. Tomó la forma de un cuadrado y se elevó en el aire unos centímetros. Desprendía una luz de un luminoso color azulado. Justo cuando el suelo se abría bajo sus pies, saltó sobre la plataforma cerrando los ojos y desapareció. Al abrirlos se encontraba en la máquina del tiempo, y el ruido de los coches en la calle llenaba la estancia. Impactado por lo acontecido sólo unos segundos atrás, salió de allí y vio cómo la luz de su casa volvía a encenderse. Suspiró, ya no tenía ganas de dejar el presente.

martes, 7 de mayo de 2013

Canción de cuna para un ángel.

Axel se giró y vio a un ángel en su cama. Era su mejor amiga, su confidente, y puede que algo más. Ella se removía en la cama. Parecía una niña pequeña. Con sus finos dedos intentaba resistir el frío que sentía agarrando la sábana y el edredón, que no tenía ninguna clase de relleno, por lo que no era de utilidad. Axel cerró la ventana, abrió la puerta de un armario y sacó una mantita roja clara. La abrió y la colocó sobre el cuerpo del angelito, y susurró un "buenas noches, pajarito" al oído de la muchacha. Se sentó en una silla a unos cinco metros y abrió la tapa del piano colocado en frente. Sus dedos recorrieron todas las teclas, y él notó el fino tacto de las frías piezas de aquel precioso instrumento musical. Oyó que el ángel se removía por enésima vez y comenzó a tocar mirando una partitura que él mismo había escrito. Era una melodía muy trabajada, ningún detalle había sido pasado por alto. Una gran tristeza se notaba en los suaves tonos, pero al mismo tiempo no era un sonido desesperanzador, sino más bien enternecedor. Las finas y experimetadas manos del joven se movían con facilidad, como si sólo se tratase de entretenerse haciendo una pulsera con varias cuerdas. La primera nota notablemente alta fue antes que algunas de esa clase. Una lágrima cayó desde su ojo izquierdo hasta la mejilla, donde resbaló y cayó en la nariz. Una vez allí se precipitó por el interminable abismo que la separaba del suelo. Pronto acabó la pieza y, al levantarse, pudo comprobar que el ángel ya dormitaba boca arriba en la cama. Se acercó, dejó un besito de buenas noches en la frente de la niña y susurró un "te quiero" al oído de aquel angelito.