viernes, 22 de marzo de 2013

Una flor marchita.

Se sentó al pie de un árbol y hundió la cara entre las manos. Había buscado en todos los lugares del mundo. Había explorado cada cueva, había entrado en cada casa, había removido cielo y tierra para encontrarla. Pero no estaba. Todavía recordaba la expresión que había mostrado en su faz aquel joven poeta amante de la perfección artística, la danza, la música, la belleza y la sanación. Recordó que había mirado un alto árbol, perfecto y hermoso, el mismo en el que ella estaba apoyada, y supo que algo le pasaba, porque no agitaba sus ramas coreando la melodía del viento; porque al igual que muchísimas plantas y que una extensa vegetación, perdían las hojas y todo se tornaba marrón, como si fuese a desaparecer. Ella recordó todo aquello y esbozó una amarga sonrisa. No había ningún lugar donde pudiera estar su hija... su bella y alegre hija. Ni siquiera en las profundidades del océano había podido apreciar su dulce voz, y su olor a naturaleza parecía extinto. Observó una pequeña flor a sus pies, entre sus piernas, y la rozó con los dedos acariciando sus sedosos pétalos, pero sintió que no era bienvenida, y volvió a preguntarse cómo era posible que aquello pasara. Levantó el rostro una segunda vez y sintió la dura y dolida mirada del viento, que le reprochaba su despotismo y su forma de actuar. Bajó la vista, intimidada, y una lágrima se deslizó desde su ojo hasta llegar a la nariz y caer silenciosamente al suelo. Fijó su mirada en el lugar en el que hacía unos segundos la flor la había rechazado y ya no encontró un maravilloso pedacito de vida, sino una flor marchita.

martes, 5 de marzo de 2013

Mi habitación.

Me levanté de la cama una tercera vez. No podía soportarlo más. Necesitaba salir de aquella endemoniada habitación, pero la cuestión era cómo. Estaba oscuro, ni una sola luz se veía. Di un paso hacia delante y pisé algo extraño... un bolígrafo. Lo recogí. Se suponía que no tenía nada más para salir de allí. Frente al bolígrafo había un papel. Lo acerqué a mi cara, pero era imposible de leer. Le di la vuelta y coloqué el dedo índice de mi mano derecha en la primera letra, empezando por el lado derecho del papel. Era una "n". Seguí descifrando el mensaje y dándole la vuelta mentalmente hasta lograr construir las palabras "apunta bien". Le di vueltas y vueltas a aquello en busca de una idea que me ayudase a escapar de ese antro. Se me acababa el tiempo... ¡Tiempo! Necesitaba saber la hora, y sólo había una forma... el despertador. Pero no podía andar más sin pisar algún objeto. Recordé que la noche anterior había tapado el reloj con una cartulina negra para que no me molestase la brillante luz azul y me arrepentí de ello. Pero me resigné y se me ocurrió una idea. Abrí el bolígrafo y le quité el pequeño tubo de plástico con la tinta, y más tarde el pequeño tapón de detrás también, hasta fabricar una improvisada pero eficaz cerbatana. Arranqué una pequeña tira del papel que tenía en la mano e hice una redonda y enana bola. La inserté en aquel objeto y lo acerqué a la boca. Las palabras "apunta bien" no dejaban de sonar en mi cabeza. Soplé con todas mis fuerzas y la bola de papel salió con ímpetu. ¡Sí! Había alcanzado la cartulina y, lentamente, ésta fue perdiendo el equilibrio que la mantenía en pie hasta que cayó. Miré el luminoso reloj azulado. Eran las seis y cuarenta y tres. El haz de luz que proyectaba el reloj podía ser de ayuda, pero aun así la tarea de salir era complicada. Me acerqué con cuidado a la puerta, a la que no me pude aproximar más porque de ella me separaban varios objetos desperdigados por el suelo y una silla. Sobre la silla había una guitarra clásica inclinada hacia la derecha, sujeta a una chaqueta agarrada a la puerta, objetos que yo mismo había colocado para que nadie entrase y me despertase. Lo que no sabía muy bien era la forma de quitarlo todo sin hacer demasiado ruido y romper las cosas del suelo. Volví sobre mis pasos hasta colocarme al otro lado de la alfombra que pisaba la silla y medité unos minutos, tal vez demasiados. Tomé una decisión y coloqué mi pie con determinación y seguridad sobre la moqueta. Empujé con fuerza y vi en un destello cómo la silla empujaba la guitarra fuertemente. El instrumento, como esperaba, no cayó en el radiador causando un estruendo metálico que habría sido insoportable, sino en mi dirección, arrastrando consigo la chaqueta que abrió la puerta. Solté un pequeño grito de júbilo de lo eufórico que me encontraba. Era libre.