miércoles, 27 de febrero de 2013

Dr. Hannibal Lecter.

La noche cayó como una gota de agua fría sobre la gélida piedra que era aquel lugar. Un búho ululó en lo alto de un árbol, profiriendo el sonido que avisaba al hombre de que era el momento de entrar en la casa. Éste, viejo ya, pero aun así agraciado y con un cuidado cuerpo, no tuvo problema alguno para abrir la cerradura con ayuda de la llave que había conseguido la noche anterior. Entró con cuidado, sin hacer ruido en absoluto, dejó su abrigo en el perchero, junto a la bufanda que había llevado enrollada al cuello antes de entrar y depositó la llave en el cuenco que se encontraba sobre el zapatero. Cruzó el pasillo con una pequeña bolsa en la mano izquierda y al encontrar la cocina pasó de largo. Llegó a la habitación principal, en la que una mujer dormía plácidamente con la luz apagada. Sólo se escuchaba su respiración acompasada. El hombre cerró la puerta en silencio y caminó sin prisa hasta la cocina. Sobre una balda con algunos libros de recetas culinarias había una pequeña fotografía enmarcada en la que se podía ver a una pareja. Ambos sonreían. Antes de conocerse, la mujer había acudido a consultas con el doctor Lecter, el mejor en aquel país y, probablemente, también en todo el mundo. Cuando se curó, después de varios brotes psicóticos, conoció al hombre, que había acudido por las mismas razones a la consulta del mismo doctor. Cuando atraparon a Lecter, ellos dos fueron los primeros en declarar, mintiendo, que las personas a las que el doctor mataba eran asesinadas delante de sus propios ojos. Ello aumentó el odio de la gente hacia él en cuanto la prensa mostró falsas pruebas. Ya se había ocupado de quienes redactaron dichas pruebas, y ahora le llegaba el turno a aquella pareja. Abrió la bolsa que llevaba y extrajo un envase cerrado. Le quitó la tapa después de poner algo de aceite a calentar en una sartén y echó su contenido en ella. Lo cocinó durante dos minutos y trasladó aquello a un plato de porcelana. Cortó en pequeños trozos diferentes verduras en la sartén y al terminar de prepararlas las vertió en el plato mientras tarareaba el comienzo de la novena sinfonía de Beethoven. Después se fijó en tres macetas con geranios colocadas en el alféizar de la ventana. Rebuscó en un armario hasta encontrar lo que buscaba: una regadera roja, roja como la pasión y la sangre. Llenó un tercio del recipiente y regó las plantas sin prisa, y colocó la cocina tal y como la había encontrado. Sacó un cuchillo y un tenedor del cajón de los cubiertos de esa casa y tomó el plato también. Caminó hasta el dormitorio principal. Abrió la puerta lentamente sin que chirriase siquiera y entró sigilosamente, sin hacer ruido. Depositó la comida en la mesita de noche y tomó en la mano un pequeño antifaz de color negro que colocó alrededor de la cabeza de la mujer que dormía en el lado izquierdo de la cama. Ésta abrió los ojos y, al no ver nada, preguntó:
—Mmm... Ray, ¿eres tú? ¿Has llegado ya de ese viaje?—preguntó mientras bostezaba suavemente.
—Shhh...—la cortó el hombre, acariciándola, y detuvo su mano cuando quiso quitarse el antifaz.
Cortó la comida en trozos no muy grandes y pinchó uno y algo de verdura con el tenedor, untándolo en la salsa rojiza de sabor ligeramente metálico. Acarició los labios de la mujer para que los abriera, y le dio trozo a trozo toda la comida.
—E-está delicioso... ¿Dónde has aprendido a cocinar así?—preguntó ella.
—Tu marido está muy bueno, ¿eh?—susurró el hombre, y observó cómo esa mujer comenzaba a temblar al reconocer aquella voz y atar cabos.—Tiene buen corazón ¿verdad?—preguntó con una sonrisa.
—Quién... ¿quién eres?, y... ¿qué has hecho con mi esposo?—inquirió la mujer, aunque ya conocía la respuesta a su pregunta.
—Soy el doctor Hannibal Lecter, y anoche me cené a tu marido.-respondió él, y deslizó el antifaz por su cuello al mismo tiempo que acercaba su boca a la cara de ella. Un terrible y agónico grito rompió la tensión en pedazos cuando los dientes de Hannibal se clavaron en la tierna mejilla derecha de la mujer.

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