jueves, 15 de agosto de 2013

Partida de ajedrez.

Me encontraba sentada en una silla de madera, frente al trono de mi amo. Mi señor, rey de todo su imperio, me había dejado jugar al ajedrez con él, impresionado de que una simple sirvienta como yo supiera jugar al rompecabezas más complejo del mundo. Él empezó. Peón a E4. Yo seguí de una forma sencilla. Peón a E6. Él contraatacó lentamente, colocando otro peón a la izquierda del anterior. Yo coloqué un peón justo delante del que acababa de mover. Sabía que me comería, pero pensé que eso lo desconcertaría, y que después yo podría mostrarle mi gran habilidad. Y sí, me comió. Entonces avanzó hacia mí y me quitó un anillo, el único anillo que me permitían llevar. Yo entendí el juego, y comí el peón que había quedado a mi merced. Peón por D5. Fui hacia él y le arrebaté sus anillos.
-Eso no vale, criada.-dijo, pero le guiñé un ojo.
-Vos tenéis más prendas que yo.-le respondí.
-Eres una tramposa.-dijo con una sonrisa pintada en su dulce cara.
-Y vos sois mucho más experimentado que yo en este juego. Y os advierto. Si yo gano, os juro por mi vida que lamentaréis haberme retado. Necesitaréis años para asimilar que una sirvienta os ha vencido. Os joderé como nunca os han jodido y luego os abandonaré como nunca os han abandonado.
-Y si gano yo, te haré el amor con tanta fuerza que necesitarás pasar dos semanas en cama porque haré que quedes agotada.
Peón a H4. Alfil a D6. Caballo a E2. Lo hice sin pensar, sin darme cuenta de que le había bloqueado el paso a la dama. Mi amo movió su caballo a la casilla F6. Un movimiento mucho más refinado que el mío. Perfecto. Como él, como sus ojos. Alfil a G5. ¡Bien!, pensé. Había clavado a su caballo, y si lo movía de casilla mi alfil comería a la dama. Pero no caí en la cuenta de que él podía jugar como lo hizo, poniendo un peón en H6. Un insignificante peón me amenazaba. ¡Un simple peón! No quise echarme atrás, sería un signo de debilidad que él disfrutaría. Quería llevarme algo valioso antes de que mi alfil muriera, así que me comí su caballo, y me acerqué a mi rey. Le arrebaté su túnica dorada con fuerza, pero él se zampó mi caballo con la dama. Qué buena jugada. Había eliminado mi alfil, y al mismo tiempo desarrollado aquella pieza tan poderosa. En ese momento lo odié, y más cuando me arrancó mi túnica con una sola mano, al contrario que yo, que sólo pude deslizarla hacia arriba. Caballo a C3. Peón a C5. Peón por C5. Le quité los pantalones al rey. Alfil por C5. Mi amo me arrancó una de las dos prendas que me quedaba, la ropa interior del pecho. Moví mi caballo a la casilla A4. Alfil a D7. Peón a B3. Alfil a B5. Caballo a C3. Qué tonta fui, podría haberle comido su alfil. Dama a E6. Dama a E2. Yo tenía los ojos fijos en mi señor. Él me miraba. Me miró fijamente, como si yo fuera una bestia a la que él hubiera de dar caza. Me observó como el león observa a la bella gacela antes de lanzarse en pos de ella para alimentarse. Eso era lo que él iba hacer. Alimentarse. Alimentarse de mí, alimentarse de mi esencia. Yo era su preciado manjar en el jardín del Edén. Se abalanzó sobre mí, me quitó los calzones y yo gemí mientras él me lamía el botón, la cueva y la puerta del servicio. Me sentía como una diosa, me creía en el cielo, tenía a mi disposición todo lo que yo, en mi corta y poco valiosa vida, podía desear. El cuerpo del rey a mi disposición. El cuerpo de aquel Adonis, de mi señor, a mis pies. Él entró en mí con fuerza mientras yo me preguntaba cómo habíamos podido llegar a aquello. Pero yo lo deseaba. Yo era suya, y él era mío. Él entraba y salía de mí, cada vez más fuerte y más rápido a cada momento. El rey alzó una mano y movió una ficha, y yo logré verla. Era su dama, que se había comido a la mía. Grité entre fuertes espasmos tan alto como gritaban los espías enemigos al ver el potro cuando llegó nuestro clímax al mismo tiempo. Era jaque mate.

viernes, 17 de mayo de 2013

Cálculo erróneo.

Alfred sonrió. Al fin lo había conseguido. Cerró la puerta tras de sí y abrió los ojos lentamente. Estaba en una estancia redonda de unos cuatro metros cuadrados. Era el acelerador de partículas... Era la primera máquina del tiempo. Científicos de todas partes del planeta habían intentado fabricar una desde que leyeron los libros de H.G. Wells a finales del siglo XIX, y los de Isaac Asimov a principios del siglo XX, basándose en la teoría de la relatividad de Albert Einstein. La teoría estaba totalmente bien excepto por algunos cálculos y porque haría falta un astronómicamente elevado nivel de energía para acelerar el continuo espacio-tiempo. Tomó lo que había llevado consigo a aquella sala por si algo malo sucedía. Abrió la mochila y echó un vistazo dentro. Sólo había comida y algunos utensilios que, sospechaba, no le harían falta en el año 2163. Como sólo había una forma de volver, tenía que tener cuidado. Era un cubo metálico que, colocándose en el suelo, formaba una plataforma en forma de cuadrado. Guardó el cubo en su mochila y, tras pulsar el botón rojo de inicio, se sentó dentro del límite marcado por la circunferencia roja con mucho cuidado. Un solo dedo que se encontrase fuera de la línea roja circular en el momento de inicio y una grandísima catástrofe podía suceder. Contó hacia atrás mientras toda la ciudad se quedaba sin energía. Diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos... se detuvo. Un ruido ensordecedor capaz de hacer explotar sus tímpanos se oía. Abrió los ojos y miró el contador de tiempo. Había sobrepasado los mil años que había establecido como destino temporal hacia el futuro. El contador iba en aumento, y en unos segundos ya había superado los tres mil años. Entonces tomó una decisión: pulsaría la palanca para detener aquello, pero sin tocar nada más, ni siquiera el suelo. Se levantó y estiró el brazo pero, justo cuando iba a alcanzarla, perdió el equilibrio. Intentó mantenerse en pie agitando los brazos durante una fracción de segundo, pero fue inútil, y cayó al suelo. Vio cómo los números del contador aumentaban cada vez más, sin que él pudiese hacer nada para cambiarlo. Una luz blanca iluminó la estancia, cegándolo. Cuando abrió los ojos la máquina a su alrededor había desaparecido, y sólo pudo ver un desierto. Kilómetros y kilómetros de arena, y nada más que eso. Alfred gritó y corrió con rapidez, tropezando y cayendo al suelo repetidas veces. Le pareció ver algo más allá de la arena, y subió a una duna bastante grande. Lo que vio lo dejó pálido. Era una ciudad, pero estaba derruida. Y no se veía ni un alma. Caminó alrededor de dos kilómetros hasta llegar. Aquello era peor de lo que el joven Alfred había pensado. Los edificios estaban abandonados; los semáforos y las señales, arrancados del suelo; los cristales de los locales, rotos, y las carreteras estaban agrietadas. El calor abrasador que notaba había derretido el asfalto, y no había ningún coche decente, todos parecían haber sido aplastados. El joven buscó por todas partes, pero no vio a nadie. Lo extraño era que no solamente no había rastro de humanos, sino que tampoco veía animales o insectos. El aire lo mareaba, seguramente por la abundancia de CO2. Cuando se sentó en un banco de piedra para comer algo de su mochila, se preguntó cómo diablos podría sobrevivir allí. De pronto el suelo comenzó a temblar bajo sus pies. Se levantó y corrió lejos, pero el temblor no cesaba. El calor había aumentado, no estaba seguro de poder salir vivo de allí. Abrió su mochila rápidamente y sacó lo que buscaba, el cubo metálico. Lo lanzó al suelo lejos mientras seguía corriendo. El cubo se había expandido. Tomó la forma de un cuadrado y se elevó en el aire unos centímetros. Desprendía una luz de un luminoso color azulado. Justo cuando el suelo se abría bajo sus pies, saltó sobre la plataforma cerrando los ojos y desapareció. Al abrirlos se encontraba en la máquina del tiempo, y el ruido de los coches en la calle llenaba la estancia. Impactado por lo acontecido sólo unos segundos atrás, salió de allí y vio cómo la luz de su casa volvía a encenderse. Suspiró, ya no tenía ganas de dejar el presente.

martes, 7 de mayo de 2013

Canción de cuna para un ángel.

Axel se giró y vio a un ángel en su cama. Era su mejor amiga, su confidente, y puede que algo más. Ella se removía en la cama. Parecía una niña pequeña. Con sus finos dedos intentaba resistir el frío que sentía agarrando la sábana y el edredón, que no tenía ninguna clase de relleno, por lo que no era de utilidad. Axel cerró la ventana, abrió la puerta de un armario y sacó una mantita roja clara. La abrió y la colocó sobre el cuerpo del angelito, y susurró un "buenas noches, pajarito" al oído de la muchacha. Se sentó en una silla a unos cinco metros y abrió la tapa del piano colocado en frente. Sus dedos recorrieron todas las teclas, y él notó el fino tacto de las frías piezas de aquel precioso instrumento musical. Oyó que el ángel se removía por enésima vez y comenzó a tocar mirando una partitura que él mismo había escrito. Era una melodía muy trabajada, ningún detalle había sido pasado por alto. Una gran tristeza se notaba en los suaves tonos, pero al mismo tiempo no era un sonido desesperanzador, sino más bien enternecedor. Las finas y experimetadas manos del joven se movían con facilidad, como si sólo se tratase de entretenerse haciendo una pulsera con varias cuerdas. La primera nota notablemente alta fue antes que algunas de esa clase. Una lágrima cayó desde su ojo izquierdo hasta la mejilla, donde resbaló y cayó en la nariz. Una vez allí se precipitó por el interminable abismo que la separaba del suelo. Pronto acabó la pieza y, al levantarse, pudo comprobar que el ángel ya dormitaba boca arriba en la cama. Se acercó, dejó un besito de buenas noches en la frente de la niña y susurró un "te quiero" al oído de aquel angelito.

miércoles, 17 de abril de 2013

Alexander Wolf, eres un chico muy valiente.

Faltaban unos minutos para la hora del crepúsculo cuando un grito rasgó la noche. Un niño corría asustado por el cementerio. Quien lo perseguía apuntó con su arma de fuego y disparó. El zagal cayó al suelo y unas manos ambiciosas le quitaron lo que llevaba en los bolsillos, unas cuantas monedas.
—La próxima vez que robes te lo pensarás mejor antes de elegirme a mí como víctima.—dijo el chico dándole una patada en el estómago.
—Jack, creo que está muerto.—dijo el otro muchacho.
—¿No lo dirás en serio?—preguntó el joven observando el cadáver del zagal—¡He apuntado al costado!—.
—Pues has fallado.—Contestó el otro—Vamos, apartemos el cuerpo y larguémonos de este cementerio de una maldita vez—.
Ambos jóvenes echaron a correr, dejando el cuerpo inerte y sin vida del zagal apartado en un rincón. A unos metros una niebla se había formado, y pronto tomó la forma de una persona. Se asemejaba bastante al muchacho muerto. Levantó la mano derecha y se la miró.
—¿Qué es esto?—preguntó, pero nadie le respondió. Se acercó al cadáver y rozó su mejilla con la mano. Acto seguido, notó frío en su cuerpo, un frío insoportable del que no podía zafarse. El frío era cada vez mayor, y creyó que se iba a congelar, por lo que anduvo un poco, pensando en la posibilidad de que estuviese soñando. Caminó sin rumbo fijo y, de pronto, una fuerza extraña lo apartó del camino. Intentó resistirse, pero aquello lo atraía fuertemente, como si tuviese una cuerda atada al cuerpo y alguien tirara del otro extremo. Cerró los ojos y su cuerpo se elevó por los aires, viajando veloz. Cuando quiso darse cuenta, todo había parado. Abrió los ojos y lo primero que vio fue una gran lápida negra. Trató de leer el nombre, pero estaba muy mohosa y no consiguió distinguir nada. Miró alrededor. Había muchas lápidas. Algunas estaban rotas. Tenía mucho frío y estaba aterrado, y se asustó más cuando una gélida mano le agarró de su hombro derecho.
—¡¡Ah!!—gritó el chico.
Al darse la vuelta vio a una muchacha algo crecida de unos quince años. Tenía puesto un vestido gris bastante raído, y su piel era totalmente blanca.
—Eh, tranquilo, no voy a matarte.—dijo ella, y comenzó a reírse como si hubiera dicho algo gracioso.—¿No lo pillas? ¡No voy a matarte!—repitió, y siguió riéndose.—Oh... ¿Eres nuevo, ricura? Sí, está claro que no eres de por aquí, pero eres un pálido en toda regla—.
—¿Qué es un pálido?—preguntó el niño—¿Y por qué tienes la piel tan blanca? Tengo mucho frío...—dijo mientras intentaba darse calor frotándose los brazos con las manos.
—Frío... Sí, eres nuevo, no hay duda de ello. Pues mira, ricura, yo no soy la única pálida aquí, compruébalo tú mismo—dijo, y le agarró de la muñeca. Estiró de ella y le llevó a la parte trasera, notablemente más limpia que la delantera, de la lápida negra.—Tranquilo, tus ojos pueden ver en la oscuridad, para nosotros apenas hay distinción entre día y noche en lo que a nuestra capacidad de visión se refiere.—
El chico miró la nigérrima superficie de la lápida y lo que vio lo habría puesto pálido de no ser porque pudo ver a un muchacho con la piel tan nívea como la luna. Dos lágrimas salieron de sus ojos azules.
—Oh, ricura, no llores...—dijo la chica chasqueando la lengua, y le limpió los ojos con sus dedos.
—Antes..., estaba corriendo porque me perseguían, y oí un disparo, y caí, y no recuerdo más. Luego vi mi cuerpo, y lo toqué... ¿Estoy...?—inquirió sin poder terminar la pregunta.
—En efecto, ricura, estás más muerto que muerto... ¿Tienes frío, ricura?—preguntó ella.
El muchacho asintió tiritando.—S-sí—.
No te preocupes, eso es algo natural... Procura no acercarte demasiado a ningún mortal, porque podría sentir tu propio frío... Por cierto, yo me llamo Elizabeth, pero puedes llamarme Liz. Y antes de que lo preguntes, aquí están enterrados los malos, los que antes de morir hicieron algo no muy ético. Algunos son asesinos, otros ladrones, otros banqueros...—dijo riéndose de su propio chiste.—¿Cuál es tu nombre, ricura, y cuál la razón de que hayas ido a parar aquí? Ah, ¿y cuántas primaveras tienes?—.
—Yo sólo robé cuatro monedas a un joven para comprar una hogaza de pan y una pieza de queso. Me llamo Alexander Wolf, y me solían llamar Alex.—dijo él—Y tengo trece años.—añadió.
—Oh, tenemos aquí a un pequeño ladronzuelo... Tranquilo, hay gente mucho peor... yo robé un diamante, maté al dueño y me fui corriendo. Me apresaron a los pocos días y fui condenada a morir. Ah, y tengo ochenta y siete años.—Explicó.
—¡¿Ochenta y siete años?!—
—Eh, tranquilo, ricura. Fallecí a los quince años, así que en términos generales sigo siendo una señorita. El tiempo no pasa para nosotros. Incluso conozco a un asesino en serie que lleva más de trescientos años dando guerra y sólo aparenta veintitrés abriles. Pero ojo, puedo ser tu amiga, porque al morir jovencita, apenas he madurado... Qué me dices, ¿quieres ser mi amigo, ricura?—preguntó extendiendo la mano hacia el chico con suavidad.
El muchacho la miró, y después a Liz, y sonrió. Estrechó la mano de su nueva amiga sin apenas fuerza.
—¿Pero qué haces, ricura?—preguntó ella—Pareceré obsoleta, pero si quieres ser un educado caballero, besa mi mano—.
El niño se encogió de hombros, tomó la mano de la joven y la acercó a sus labios. Dejó un suave beso y miró a la chica, que se agachó hasta quedar a su altura, con la cara a unos centímetros de la suya.
—Alexander Wolf, si yo fuera una señorita viva como el fuego, estoy segura de que me sonrojaría. Ahora, me temo que he de irme, tengo cosas que hacer.—dijo sonriente.
—Pero... Yo no conozco nada de aquí... ¿Y si me pierdo?—inquirió el muchacho, algo asustado. Liz le tocó la nariz con el dedo índice de la mano derecha.
—Ricura, a las doce en punto de la noche sucederá lo mismo que hoy, volverás obligado a este sitio si para entonces no estás aquí. Intenta no acercarte a los humanos, podrías sentir nostalgia... Oh, qué triste es la nostalgia, que transforma nuestras caras hasta hacer que lloren. Adiós, Alexander Wolf.—se despidió y, antes de que éste pudiese hacer nada por impedirlo, desapareció.
El zagal caminó entre algunas lápidas, hablando con los distintos "pálidos" que se encontraban en el lugar de los malos. La primera persona con la que habló fue una viejecita que de joven había matado a tres bandidos que entraron en su casa; la segunda, un juez que había condenado a muerte a decenas de inocentes de forma arbitraria y desconsiderada.
Pasó el resto de la noche andando de aquí para allá, porque no tenía mucho sueño, y cuando tuvo ganas de dormir se apoyó en el árbol que había enfrente de la gran lápida negra. Allí durmió hasta que la mañana dejó paso al atardecer, y cuando la puesta de sol ya había pasado y era de noche, despertó, y lo que vio lo dejó asombrado. Eran sus padres. Dos hombres que los acompañaban llevaban su cuerpo, y llegaban al lugar de los malos. Lo arrojaron de cabeza a una fosa y los dos hombres desconocidos se dispusieron a echar tierra por encima del cadáver. Observó que todas aquellas personas dejaban una niebla de cierto color al andar. La de su padre era negra, negra por la rabia que sentía cuando pensaba en que su hijo era un ladrón; la de su madre, en cambio, era del azul más oscuro y triste que hubiera podido ver, y le entraron ganas de llorar al mismo tiempo que a su madre. Ninguno de ellos las reprimió. Quiso gritar. Quiso decirles que estaba muerto pero feliz, que tenía una nueva amiga, que no había muerto del todo, y cuando fue a levantarse una suave y sedosa mano lo detuvo. Era Liz, había agarrado su mano y tiró de ella hasta lograr que el niño se acurrucara en sus brazos. El muchacho rompió a llorar de nuevo, y sintió que Liz estaba con él para protegerlo de todo.
—Sh... Silencio. Silencio, ricura, no te va a pasar nada, y no importa lo que crea tu padre, porque tu madre sabe que no eres mala persona.—dijo ella.
—Yo... Yo... Robé las monedas para comprar pan y queso y tener algo que llevar a casa, pero solo le di este deshonor a mi familia.—dijo llorando el niño.
Aquel muchacho pudo escuchar cómo la voz melosa y aterciopelada de Liz le susurraba al oído:
—Alexander Wolf, eres un chico muy valiente—.

domingo, 14 de abril de 2013

Powder.

Miro mi casa por enésima vez, y veo cómo la mujer se coloca a mi lado. Es muy oportuno, porque ya viene el poli malo. El policía bueno me gusta, él ama mucho a su mujer y, aunque me tiene algo de miedo, sólo quiere lo mejor para mí. El malo es al que odio... él tiene mucho miedo, y no sé por qué se ofrece voluntario para ir detrás de mí. Tal vez porque quiere demostrarse a sí mismo que es muy hombre, que es capaz de atraparme, de tenerme cautivo. Ahí viene el profesor... me gusta, el profesor me gusta, porque sabe mucho, como yo, y sabe de electricidad. Me explicó cosas que yo no sabía aunque eran lógicas. Él es... ¿cómo llamarlo? Un amigo. Un verdadero amigo. Como la mujer que me acompaña, que se acaba de situar delante de mí con el único fin de protegerme... Eso me gusta. Ahora mismo desearía abrazarla..., y darle uno de esos besos que se da todo el mundo en señal de cariño. Veo cómo el profesor hace unas cuantas gracias con el policía malo. Él me mira con odio... Bueno, con lo que el quiere hacer parecer odio. En realidad, es miedo. Pavor. Rabia. Observo su aparato para comunicarse estrellarse contra el suelo, y de pronto esa sensación extraña que siento cuando hay electricidad a mi alrededor se esfuma. Pero ahora viene más, y no de abajo, sino de arriba. Se avecina una tormenta... no sé si voy a ser capaz de protegerlos a todos. Comienzo a correr, y ellos corren detrás de mí. No me molesta, al menos mientras no me toquen, eso sería peligroso. Veo un rayo caer a unas decenas de metros. Me está buscando. Sé que me está buscando, lo noto. Miro hacia atrás sin dejar de correr y veo mi casa y a ellos por última vez... el policía malo está humillado, el bueno agradecido, el profesor fascinado, y la mujer siente el mayor respeto del mundo. Pienso en esa chica a la que conocí en esa clase en la que sucedió todo eso cuando veíamos cómo se desplazaba la corriente eléctrica. Me apena no volver a verla. Prometo visitarla en forma de luz cuando todo esto pase. Prometo soplar calor en su nuca, prometo colocar mis dedos rozando los suyos para sentir de nuevo que alguien piensa en mi verdadero yo, para estar seguro de que no soy el único en el mundo que puede leer a los demás como un libro abierto, para que sepa que, aunque no puede verme, estoy con ella. Prometo darle un beso, un beso cargado de todo el amor del mundo. Mis brazos comienzan a iluminarse, la acumulación de electricidad formada en el rayo me llama, me quiere, me necesita. Salto con todas mis fuerzas y siento un torrente de energía que me atraviesa el corazón, llenándome de lo que necesito para estar completo. Miro a aquellos cuatro, todos boquiabiertos, con una de esas sonrisas encantadoras pintada en la cara. Desaparezco poco a poco, dejando a mi paso un níveo polvo que cae en el suelo. Soy libre, soy yo, soy... Powder.

viernes, 22 de marzo de 2013

Una flor marchita.

Se sentó al pie de un árbol y hundió la cara entre las manos. Había buscado en todos los lugares del mundo. Había explorado cada cueva, había entrado en cada casa, había removido cielo y tierra para encontrarla. Pero no estaba. Todavía recordaba la expresión que había mostrado en su faz aquel joven poeta amante de la perfección artística, la danza, la música, la belleza y la sanación. Recordó que había mirado un alto árbol, perfecto y hermoso, el mismo en el que ella estaba apoyada, y supo que algo le pasaba, porque no agitaba sus ramas coreando la melodía del viento; porque al igual que muchísimas plantas y que una extensa vegetación, perdían las hojas y todo se tornaba marrón, como si fuese a desaparecer. Ella recordó todo aquello y esbozó una amarga sonrisa. No había ningún lugar donde pudiera estar su hija... su bella y alegre hija. Ni siquiera en las profundidades del océano había podido apreciar su dulce voz, y su olor a naturaleza parecía extinto. Observó una pequeña flor a sus pies, entre sus piernas, y la rozó con los dedos acariciando sus sedosos pétalos, pero sintió que no era bienvenida, y volvió a preguntarse cómo era posible que aquello pasara. Levantó el rostro una segunda vez y sintió la dura y dolida mirada del viento, que le reprochaba su despotismo y su forma de actuar. Bajó la vista, intimidada, y una lágrima se deslizó desde su ojo hasta llegar a la nariz y caer silenciosamente al suelo. Fijó su mirada en el lugar en el que hacía unos segundos la flor la había rechazado y ya no encontró un maravilloso pedacito de vida, sino una flor marchita.

martes, 5 de marzo de 2013

Mi habitación.

Me levanté de la cama una tercera vez. No podía soportarlo más. Necesitaba salir de aquella endemoniada habitación, pero la cuestión era cómo. Estaba oscuro, ni una sola luz se veía. Di un paso hacia delante y pisé algo extraño... un bolígrafo. Lo recogí. Se suponía que no tenía nada más para salir de allí. Frente al bolígrafo había un papel. Lo acerqué a mi cara, pero era imposible de leer. Le di la vuelta y coloqué el dedo índice de mi mano derecha en la primera letra, empezando por el lado derecho del papel. Era una "n". Seguí descifrando el mensaje y dándole la vuelta mentalmente hasta lograr construir las palabras "apunta bien". Le di vueltas y vueltas a aquello en busca de una idea que me ayudase a escapar de ese antro. Se me acababa el tiempo... ¡Tiempo! Necesitaba saber la hora, y sólo había una forma... el despertador. Pero no podía andar más sin pisar algún objeto. Recordé que la noche anterior había tapado el reloj con una cartulina negra para que no me molestase la brillante luz azul y me arrepentí de ello. Pero me resigné y se me ocurrió una idea. Abrí el bolígrafo y le quité el pequeño tubo de plástico con la tinta, y más tarde el pequeño tapón de detrás también, hasta fabricar una improvisada pero eficaz cerbatana. Arranqué una pequeña tira del papel que tenía en la mano e hice una redonda y enana bola. La inserté en aquel objeto y lo acerqué a la boca. Las palabras "apunta bien" no dejaban de sonar en mi cabeza. Soplé con todas mis fuerzas y la bola de papel salió con ímpetu. ¡Sí! Había alcanzado la cartulina y, lentamente, ésta fue perdiendo el equilibrio que la mantenía en pie hasta que cayó. Miré el luminoso reloj azulado. Eran las seis y cuarenta y tres. El haz de luz que proyectaba el reloj podía ser de ayuda, pero aun así la tarea de salir era complicada. Me acerqué con cuidado a la puerta, a la que no me pude aproximar más porque de ella me separaban varios objetos desperdigados por el suelo y una silla. Sobre la silla había una guitarra clásica inclinada hacia la derecha, sujeta a una chaqueta agarrada a la puerta, objetos que yo mismo había colocado para que nadie entrase y me despertase. Lo que no sabía muy bien era la forma de quitarlo todo sin hacer demasiado ruido y romper las cosas del suelo. Volví sobre mis pasos hasta colocarme al otro lado de la alfombra que pisaba la silla y medité unos minutos, tal vez demasiados. Tomé una decisión y coloqué mi pie con determinación y seguridad sobre la moqueta. Empujé con fuerza y vi en un destello cómo la silla empujaba la guitarra fuertemente. El instrumento, como esperaba, no cayó en el radiador causando un estruendo metálico que habría sido insoportable, sino en mi dirección, arrastrando consigo la chaqueta que abrió la puerta. Solté un pequeño grito de júbilo de lo eufórico que me encontraba. Era libre.

miércoles, 27 de febrero de 2013

Dr. Hannibal Lecter.

La noche cayó como una gota de agua fría sobre la gélida piedra que era aquel lugar. Un búho ululó en lo alto de un árbol, profiriendo el sonido que avisaba al hombre de que era el momento de entrar en la casa. Éste, viejo ya, pero aun así agraciado y con un cuidado cuerpo, no tuvo problema alguno para abrir la cerradura con ayuda de la llave que había conseguido la noche anterior. Entró con cuidado, sin hacer ruido en absoluto, dejó su abrigo en el perchero, junto a la bufanda que había llevado enrollada al cuello antes de entrar y depositó la llave en el cuenco que se encontraba sobre el zapatero. Cruzó el pasillo con una pequeña bolsa en la mano izquierda y al encontrar la cocina pasó de largo. Llegó a la habitación principal, en la que una mujer dormía plácidamente con la luz apagada. Sólo se escuchaba su respiración acompasada. El hombre cerró la puerta en silencio y caminó sin prisa hasta la cocina. Sobre una balda con algunos libros de recetas culinarias había una pequeña fotografía enmarcada en la que se podía ver a una pareja. Ambos sonreían. Antes de conocerse, la mujer había acudido a consultas con el doctor Lecter, el mejor en aquel país y, probablemente, también en todo el mundo. Cuando se curó, después de varios brotes psicóticos, conoció al hombre, que había acudido por las mismas razones a la consulta del mismo doctor. Cuando atraparon a Lecter, ellos dos fueron los primeros en declarar, mintiendo, que las personas a las que el doctor mataba eran asesinadas delante de sus propios ojos. Ello aumentó el odio de la gente hacia él en cuanto la prensa mostró falsas pruebas. Ya se había ocupado de quienes redactaron dichas pruebas, y ahora le llegaba el turno a aquella pareja. Abrió la bolsa que llevaba y extrajo un envase cerrado. Le quitó la tapa después de poner algo de aceite a calentar en una sartén y echó su contenido en ella. Lo cocinó durante dos minutos y trasladó aquello a un plato de porcelana. Cortó en pequeños trozos diferentes verduras en la sartén y al terminar de prepararlas las vertió en el plato mientras tarareaba el comienzo de la novena sinfonía de Beethoven. Después se fijó en tres macetas con geranios colocadas en el alféizar de la ventana. Rebuscó en un armario hasta encontrar lo que buscaba: una regadera roja, roja como la pasión y la sangre. Llenó un tercio del recipiente y regó las plantas sin prisa, y colocó la cocina tal y como la había encontrado. Sacó un cuchillo y un tenedor del cajón de los cubiertos de esa casa y tomó el plato también. Caminó hasta el dormitorio principal. Abrió la puerta lentamente sin que chirriase siquiera y entró sigilosamente, sin hacer ruido. Depositó la comida en la mesita de noche y tomó en la mano un pequeño antifaz de color negro que colocó alrededor de la cabeza de la mujer que dormía en el lado izquierdo de la cama. Ésta abrió los ojos y, al no ver nada, preguntó:
—Mmm... Ray, ¿eres tú? ¿Has llegado ya de ese viaje?—preguntó mientras bostezaba suavemente.
—Shhh...—la cortó el hombre, acariciándola, y detuvo su mano cuando quiso quitarse el antifaz.
Cortó la comida en trozos no muy grandes y pinchó uno y algo de verdura con el tenedor, untándolo en la salsa rojiza de sabor ligeramente metálico. Acarició los labios de la mujer para que los abriera, y le dio trozo a trozo toda la comida.
—E-está delicioso... ¿Dónde has aprendido a cocinar así?—preguntó ella.
—Tu marido está muy bueno, ¿eh?—susurró el hombre, y observó cómo esa mujer comenzaba a temblar al reconocer aquella voz y atar cabos.—Tiene buen corazón ¿verdad?—preguntó con una sonrisa.
—Quién... ¿quién eres?, y... ¿qué has hecho con mi esposo?—inquirió la mujer, aunque ya conocía la respuesta a su pregunta.
—Soy el doctor Hannibal Lecter, y anoche me cené a tu marido.-respondió él, y deslizó el antifaz por su cuello al mismo tiempo que acercaba su boca a la cara de ella. Un terrible y agónico grito rompió la tensión en pedazos cuando los dientes de Hannibal se clavaron en la tierna mejilla derecha de la mujer.

lunes, 28 de enero de 2013

Dorian Gray.

Viejo. Soy viejo. Muy viejo... digamos que un anciano... y sin embargo sigo igual de joven. Mis manos no están arrugadas, mis andares no se ven interrumpidos por catarros. Y mi verdadero yo se consume lentamente dentro de una prisión de pintura, brujería y fuego. He visitado lugares que nadie se atrevería a observar. He hablado con personas que harían encogerse de miedo al mismísimo Lucifer... y nada me ha llenado. Nunca lloro. Soy demasiado fuerte. Y sin embargo, me quebré por dentro cuando supe que aquella muchacha, que tendría aproximadamente veinticinco años, esa alegre y luchadora sufragista, era la hija de mi amigo Lord Henry. Me he acercado a la tumba de la única mujer a la que amé con tanta intensidad, la muchacha que interpretó a Ofelia en su papel de la obra Hamlet... Sibyl Vane. Mi cuerpo no ha llorado. He sollozado, pero ninguna lágrima salía. Y mi verdadero yo, quien de verdad lloraba... no está realmente dentro de mi cuerpo, sino atrapado en un cuadro. Un cuadro que llora. Que sufre. Que se consume lentamente, cada vez más deprisa. La he recordado. He recordado a Sibyl... en el río. He recordado su sonrisa, he recordado todo lo bueno que pasé en tan poco tiempo. He recordado la angustia que sentí cuando su hermano me dejó claro que había muerto... quitándose la vida.
Y, como si lo desease, el hombre ha aparecido. Ha estado a punto de matarme. Y yo, como un cobarde, he huido con palabras. Le he dicho que no era Dorian... y no le he mentido. Dorian murió hace veinticinco años, cuando el Diablo se aprovechó de él para transformarlo en el horrible monstruo que es ahora.
Ella ha vuelto a verme. Sabe lo que soy... aunque no con certeza, ni lo sabe de la misma forma que yo lo sé. La vida me sonríe poco a poco, me encuentro más vivo que nunca. Me desahogo con locas notas de piano delante de esta gran muchedumbre vieja y afeada que aún no puede creerse que sea tan... irresistible... muy a mi pesar. Sé cómo me consideran algunos... un diablo. O alguien que ha pactado con Satanás... están cerca de lo que sucedió en realidad. Y yo... cada vez me pongo más nervioso, porque todas las cosas, todas las palabras que me dicen, de las que huí, ahora vienen y me golpean, me acosan, me vuelven agrio. Veo la cara ensangrentada de Basil por todas partes. No soy capaz de hacer mi vida real. Algo adorado por algunos, desconocido por unos y odiado por otros, algo llamado conciencia, viene a rendir cuentas conmigo. Esa Emily Wotton... una parte de mí la ama, pero no quiere matarla, como pasó con Sibyl.
El cuadro ya es horrible, refleja cómo soy en realidad. Soy un monstruo. Mi alma está podrida. Apesta.
El hermano de Sibyl ha venido de nuevo. Me va a matar. Y yo, más miserable que nunca, una persona que quiere morir, intento salvarme. Y el hombre, como tantos otros, muere ante mi mirada aterrada, mientras le pido disculpas. Por él. Por Sibyl... por mil cosas distintas. Muere.
Todo pasa muy deprisa. La fiesta, el desagradable descubrimiento de Lord Henry, que ve por fin cómo soy, mi desesperación al comprobar que una buena acción no basta para curar al enfermo y abominable ser que soy. Y quiero acabar con esto. Puede que no haya sido una acción desinteresada el amar a Emily... pero creo que la amo de verdad. La amo. Y no puedo soportarlo. Miro por última vez el cuadro. Muestra la facha de un hombre podrido. Alguien que nunca va a poder ser libre... un monstruo. Arremeto contra el lienzo y su horrenda pintura, que una vez fue la mejor obra de arte de Basil, uno de los hombres más nobles de corazón que he conocido. El monstruo muere... yo soy el monstruo. Muero mientras veo en un destello cómo la imagen del cuadro recupera los verdaderos trazos del pincel. Veo cómo mi alma resurge de las cenizas para ir a parar al cuadro. Y yo me consumo.
Ahora estoy siendo liberado... pero el amor pesa mucho en mis débiles manos. Es extraño, porque deseaba este momento, y ahora que lo tengo, ahora que se escapa de mis dedos... ahora me doy cuenta de que solo soy un ser humano, de que soy egoísta. De que odio y amo, de que un buen pintor no solo atrapa la imagen perfecta de lo que pinta, sino también... su alma.