domingo, 1 de julio de 2012

Desconocidos.

El joven se volvió a la derecha para esquivar a dos pasajeros del metro, y salió del vagón frotándose los entrenados brazos. Metió su mano en el bolsillo de los pantalones baqueros que vestía y sacó de él una tarjeta con sus datos personales y su rostro en una imagen que tenía solamente unos meses. En ella se encontraba sereno, con un rostro duro pero al mismo tiempo suave, como el de alguien que triunfa gracias a que controla completamente su vida y no hace caso a absurdas preocupaciones. Ni siquiera los ojos azules  que sólo tenían veintisiete años miran hacia otro lado que no sea la cámara en aquella imagen. El cabello rubio, perfectamente peinado, deja ver una frente sin ninguna clase de arrugas, ni siquiera las que surgen al fruncir el ceño, pero aun así su mirada intimida, como la de un león.
Eric se volvió hacia la derecha para dejar pasar a una mujer que llevaba un niño en los brazos. Agitó la cabeza tras comprobar que el bebé estaba dormido, y lo colocó con suavidad en la sillita que empujaba. Al pasar por las puertas de cristal, que se apartaron después de que la mujer metiera su ticket en la ranura y lo recogiese, se cerraron estrepitosamente, dejando la silla con el bebé libre, pero a ella atrapada. Eric se acercó para ayudar, y sostuvo las puertas un instante, lo suficiente como para que la mujer pudiese pasar. Ésta no abrió la boca para nada y se apartó, llevando el carrito hasta el ascensor para pulsar el botón. El joven colocó su tarjeta sobre el sensor, y las puertas lo dejaron pasar. Al llegar al lado de la mujer, ésta giró la cabeza, y Eric, extrañado, descubrió que no era adulta, sino muy joven, no tendría más de dieciséis años. Entró en silencio en aquel ascensor y se quedó mirando a la joven.
-¿Qué coño miras?-preguntó ella secamente.
-Lo siento, es que me pareció extraño ver a una chica con su hermano aquí, en el metro. Con la cantidad de depravados que hay...
-No soy su hermana, idiota.-replicó la joven.
-¿Acaso se lo estás cuidando a alguien?-preguntó Eric.
-No, imbécil.-respondió, y al ver que se le quedaba mirando inquisitivamente, abrió la boca para añadir algo.-Soy su madre y vengo del médico, estúpido.-respondió, y volvió a abrir la boca para añadir algo más, esta vez con voz seca y fría.-¿Qué pasa, acaso te crees que todo el mundo es perfecto y que las madres superan siempre los veinte años? ¡Joder!-exclamó cuando el bebé comenzó a sollozar, y murmuró algunas palabras en bajito hacia su hijo mientras movía la silla para tranquilizarlo, y salía del ascensor.
-No sé quién cojones eres, pero déjame en paz. No quiero tus sonrisas cargadas de sex appeal, ni tu dinero, ni tu caridad, cabrón.-Le espetó al joven echando a andar rápidamente.
Eric frunció el ceño y la siguió.
-Eh, monada, tengo veintisiete años y no utilizo mi cuerpo ni mi "mirada cargada de sex appeal" para llevarme mujeres a la cama. Y perdona por el malentendido del ascensor, pero es que no estoy acostumbrado a ver a madres tan jóvenes. Me llamo Eric.
-¿Ah, sí? Apostaría lo que fuera, Eric-comenzó a decir, poniendo especial énfasis en el nombre del joven-a que tampoco estás acostumbrado a ver a niños bastardos cuyo padre pagó una miseria para hacerme... para hacerle de todo a una niña inocente.-dijo, y Eric vio fugazmente cómo una lágrima asomaba a la mejilla de aquella muchacha para acabar cayendo de la nariz, y cómo la joven giraba la cabeza y le daba la espalda al tiempo que aceleraba el paso.
El chico suspiró, y siguió a aquella chavala. Se suponía que tenía que llegar a casa para prepararse una comida y hacer unas llamadas a su empresa, pero se encogió de hombros y decidió seguir andando.
-¿Qué pasa, es que no me has oído? Quiero que te largues ahora mismo, o si no gritaré y llamaré a la policía...-comenzó, pero Eric sabía de sobra que aquella muchacha no tenía teléfono móvil, ni siquiera dinero para hacer una sola llamada desde una cabina telefónica.
-Mira, chica... sólo quiero invitarte a comer. Está claro que llegas tarde, y por tu forma de hablar deduzco que quien te espera en casa no te produce ningún tipo de bienestar. ¿Conoces el restaurante Gartha´s?-preguntó sin levantar la voz, imitando a la joven, que se detuvo en cuanto escuchó el nombre.-Sí, sé que no es muy bueno, pero está cerca, y la comida es deliciosa. Podrás resguardarte de la lluvia, dar de comer a tu bebé, y tomar algo caliente...
-No, no... lo siento. No puedo pagarlo, es demasiado caro.-lo cortó la chica, y bajó la cabeza. Pero, como si quisiera compensar ese gesto que para ella significaba una total desesperación, levantó el rostro y lo miró duramente a los ojos, aunque titubeando. Se le hacía la boca agua cuando pensaba en una sopa, ya fuera caliente o fría.
-¿Quién ha hablado de hacerte pagar?-preguntó Eric, pasándose una mano por el pelo.-He dicho que te iba a invitar a comer.
Ella titubeó, y agitó la cabeza.
-Muchísimas gracias... siento mucho haberte insultado... odio que los desconocidos se rían de mi situación.
-Tranquila, todos cometemos errores. Toma, tápate a ti y al niño con este paraguas.-dijo esbozando una sonrisa al comprobar que la silla del bebé carecía de un plástico para protegerlo de la lluvia.
-Pero... es el tuyo.-objetó la joven.
-¿Y qué? No me importa mojarme, al menos si tu hijo y tú no os ponéis enfermos... dime, ¿puedo saber tu nombre? Yo ya te he dicho el mío.
-Yo... no... bueno, sí... no... mi nombre es Diana... pero nadie me suele llamar así. En realidad, nadie me suele llamar.-explicó cogiendo el paraguas y musitando difícilmente un gracias antes de abrirlo y taparse a sí misma y a su bebé.
Eric agitó la cabeza para eliminar algunos restos de agua y comenzó a andar a paso ligero por la calle, seguido de la joven, que daba pasos más cortos y rápidos para seguirlo. Antes de llegar, Eric sacó su teléfono móvil, el último modelo del iPhone de Appel. Se detuvo un momento y desbloqueó la pantalla para hacer una llamada. La muchacha se quedó mirando boquiabierta el artefacto, y lo señaló con un dedo esbozando una mueca forzada.
-Ese teléfono cuesta más que el inmobiliario de mi casa al completo.-susurró entre admirada, sorprendida y, sobretodo, muy dolida.
Eric suspiró, se sentía miserable y pobre al lado de aquella mujercita, y para él estaba claro que, inconscientemente, había herido sus sentimientos al restregarle por la cara que podía permitirse bastantes lujos. Marcó unos cuantos números y llamó. Espero unos segundos antes de que le contestase un hombre maduro preguntándole el porqué de su llamada.
-...sí, una mesa para dos, ve preparándome lo de siempre para mí, y una sopa caliente para mi acompañante. De segundo, ponme Spaghetti, y a ella un entrecot con dos salsas distintas separadas, la de queso roquefort y la de pimienta.-dijo, y colgó. Se guardó el celular en el bolsillo y siguió andando, seguido de la chica.
Anduvieron durante unos diez minutos, hasta divisar el restaurante Gartha´s. Entró con paso decidido, justo al contrario que Diana que, tímidamente, entró en el local a paso rápido. Su mirada enseguida se volvió dura debido a la gran cantidad de gente que la miraba, comparando su ropa con la del alto, delgado, fornido y guapo rubio de ojos azules, que vestía pantalones baqueros y una camiseta de marca.
Ambos se sentaron en la mesa vacía en la que ponía “Eric” y esperaron unos minutos, mientras Diana se quitaba la vieja y raída sudadera de chándal y la depositaba cuidadosamente al lado de la silla. El camarero trajo la sopa para la muchacha y un cuenco con gazpacho para el joven.
Diana miró con ojos abiertos la sopa caliente y cogió una cuchara. Comenzó a comer con rapidez, sin dejar de mirar a todas partes, hasta que sus ojos se posaron en Eric, y entonces sonrió tímidamente.
-Gracias... hacía mucho tiempo que no probaba algo así de rico... Eric.
El joven sonrió y se encogió de hombros.
-El cocinero es amigo mío y lo conozco. Siempre trata de hacer la mejor comida. Dime... ¿siempre ha sido así tu vida?-preguntó sin querer parecer maleducado mientras comenzaba a comer despacio.
-Sí... no sé dónde están mis padres, y mi abuela murió hace meses. No tengo mucho dinero, y la única vez que he... trabajado con mi cuerpo... pues pasó esto.-susurró señalando al bebé.-No podía permitirme una píldora, y la verdad es que le quiero mucho... pero no sé cómo crecerá.-dijo.
Cuando llegó su entrecot con las dos salsas se entretuvo probándolas con trozos de carne, aún desconfiada por la notable calidad de la comida. Al terminar miró a Eric y le dijo gracias repetidas veces, con lágrimas en los ojos. El bebé comenzó a gimotear. Lo cogió en brazos y se desabrochó la parte de arriba de la ropa para darle de comer. Eric no dijo ni una sola palabra hasta que Diana terminó y el niño consiguió dormirse.
-Dime, ¿te gustaría venir a mi casa? Allí podrás ducharte, y el bebé estará tranquilo.
-Lo siento... no quiero molestar. Ya he causado demasiadas molestias.
-No, no, de eso nada. Bueno, quizá mañana tengas que quedarte sola unas horas si decides quedarte a dormir, pero estaré contigo y con tu hijo todo el tiempo que pueda.-aclaró Eric. Sacó su cartera del bolsillo cuando el camarero les llevó la cuenta con dos cafés, y pagó con una sonrisa. Dejó unas cuantas monedas de propina, se bebió el café y esperó a que Diana hiciese lo propio. Se levantó y cogió su chaqueta abrigada. La colocó sobre los hombros de la muchacha, que lo miró agradecida con ojos vidriosos antes de salir a la calle.
Eric caminó durante más o menos veinte minutos hasta llegar al portal de su casa. Abrió y pulsó el botón del ascensor. Dejó que Diana entrase con el carrito antes de meterse dentro y pulsar el número de la planta. Los dos guardaron silencio en aquella incómoda situación hasta que el ascensor se detuvo, y él salió primero, seguido de la chica. Abrió la puerta de su casa y se secó un poco los pies en el felpudo. Diana hizo lo mismo y entró tímidamente.
-Eric, ¿puedo...?
-Oh, claro.-respondió éste, suponiendo lo que ella quería.-Hay una cama pequeña aquí, ven.-dijo, y echó a andar seguido por su amiga, que había cogido en brazos a su retoño. Caminó hasta llegar a la habitación pequeña, y sacó la cama de abajo estirando de un aparente armario. Así el niño no podría caerse. La muchacha dejó a su hijo en la cama después de ponerle un pequeño pijama que guardaba en la sillita por si acaso. Besó su frente y lo arropó antes de salir.
Eric la esperaba fuera. Sonrió cuando Diana lo abrazó con fuerza para agradecerle todo aquello. Se separaron, pero ambos se sentían muy bien así, cerca, por lo que juntaron sus frentes, algo cansados. Se respiraba un ambiente cargado de ternura y pelo mojado. Se miraron a los ojos sin decir una sola palabra, clavando él su mirada de ojos azules en las pupilas negras de ella. Eric fue el primero en dar el paso, y besó suavemente los labios de Diana. Esta no hizo nada por separarse. Tampoco se arrojó al beso, simplemente se dejó llevar, dejando que fuera Eric quien controlase la situación. Unos segundos después se separaron, y ella lo miró tímidamente.
-Necesito una ducha...
-Ven, te ayudo.-respondió el joven, y tomó su mano para llevarla al cuarto de baño. Se desnudó lentamente, y Diana hizo lo propio, aunque con mucha vergüenza. Entró en la ducha seguida de su anfitrión, que abrió el grifo y puso el agua caliente. Abrazó a su amiga y ambos se sintieron mucho mejor bajo la calidez que transfería el agua. Tomó una esponja y le echó jabón. Frotó la espalda de la muchacha y recorrió con la esponja cada centímetro de su cuerpo de adolescente. Los dos quedaron el uno frente al otro.
-¿Qué piensas de mí? ¿Acaso no te da asco ducharte con una puta... quiero decir, una señorita de la calle?
-En absoluto. Nunca había visto tan de cerca la situación de personas como tú. Erais unos completos... desconocidos. Te prometo que, si tú quieres, dejaré que vivas conmigo... porque siento algo especial por ti.
-Yo... yo también siento algo por ti... pero no me gusta... parezco débil.
-Todos somos débiles, Diana.-susurró Eric, y besó suavemente sus cálidos y húmedos labios.
-No me dejes... te quiero.-suplicó ella.
-Nunca. Te quiero.

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