miércoles, 21 de diciembre de 2011

Te perdono

-No me lo puedo creer. Mi propia novia... con todo el cariño y el amor que te he dado... y así me lo pagas...-dijo el joven mirando hacia otro lado.
-Por favor, Joseph, por favor... nos habíamos peleado, y bebí mucho... fue el alcohol...-intentó disculparse, pero él la cortó con un gesto de la mano.
-No, Lola. Estando borracha puedes tener un accidente de tráfico, pero no acostarte con otro hombre. 
-Había bebido mucho, cariño...-replicó ella con lágrimas en los ojos, lanzando tristes sollozos al tiempo que hundía su joven cara de veintiún años en sus suaves manos.
-¿CARIÑO?-la cortó con un bramido furioso-¿TE ATREVES A LLAMARME CARIÑO? ¡Fuera de aquí, vete a tu casa, esto ha terminado!
-N-no... por favor, te quiero mucho... te quiero... por favor... por favor...-susurró sollozando, pero Joseph no la escuchó, y fue él quien se marchó de allí a paso ligero, dejándola en aquel parque, tirada en el suelo y llorando.
Caminó hasta el primer bar que encontró y pidió lo primero que se le vino a la cabeza, un whisky. El camarero más bien parecía un típico camionero como los de las películas. No debía de haberse afeitado desde hacía semanas. Estaba legañoso y un cigarro asomaba por su boca, que esbozaba una desdentada sonrisa. Soltó una carcajada cuando lo vio y metió dos hielos con las manos en un mugriento vaso de donde Joseph bebería, aunque a éste no le importó lo más mínimo. Sólo quería beber, beber y beber, beber para olvidar. El camarero apartó el cigarro de la boca y lo sacudió, echando las cenizas a su espalda, sin mirar siquiera, como si no fuese consciente de que todo aquello estaba lleno de bebidas alcohólicas. Cogió una botella con un líquido anaranjado, su ansiado alcohol, y vertió una buena cantidad en el vaso. Joseph depositó con fuerza el dinero en la mesa.
-Qué, ¿un mal día?-preguntó. Volvió a quitarse el cigarro de la boca y lo apagó en el cenicero de la barra, en frente del joven. Después escupió en una jarra de cerveza vacía y la frotó con un paño hasta dejarla "como los chorros del oro".
-¿Un mal día?-repitió.
Está vez le contestó.
-Más bien una mala vida.-replicó mientras tomaba tres tragos de golpe de aquel vaso.
El hombre se encogió de hombros.
-Problemas con mujeres, seguro.
Simplemente no le contestó. Estaba claro que aquel gorila nunca había tenido a una mujer que no fuera su madre.
-Oh, sí, mujeres-prosiguió mientras servía un plato de sopa caliente a un hombre que venía con su familia y que, dificultosamente y con una cara que no reflejaba nada que no fuera asco, quitó del recipiente un pelo.-mujeres, malditas mujeres.-siguió aquel tipo al volver.-son todas unas guarras, unas zorras, siempre esperando el mejor momento para abrirse de piernas ante veinte desconocidos.-continuó mientras se reía a carcajadas. Joseph lo cortó con un gesto de su mano y señaló su vaso vacío.
-Otro.-dijo secamente, y lanzó un billete gordo que el hombre miró relamiéndose y guardó precipitadamente en un bolsillo de sus pantalones raídos, mientras encendía un cigarro más y servía el whisky.
-Otro.
-Otro.
Se marchó después de haber bebido cuatro whiskys, cambiando su estado de ánimo, de dolido a enfadado, de enfadado a rabioso. Al final acabó llorando y anduvo tambaleándose hasta llegar al portal, afortunadamente abierto, de su casa. La suerte quiso que vomitase en el felpudo de la vieja estúpida que era su vecina y no en el suyo propio. Avanzó a duras penas hasta la puerta y encontró la llave en la chaqueta negra que llevaba puesta. Necesitó poco más de cinco minutos para lograr meter la llave en la cerradura. Ya abierta la puerta, tiró la llave al suelo de la entrada y cerró de un portazo. Caminó tropezándose en algunas ocasiones y llegó al aseo. Levantó la tapa del retrete y volvió a vomitar. Minutos después salió y fue hasta el sofá. Se tumbó encima y cayó dormido al poco tiempo.
Despertó en varias ocasiones. Alguien estaba llamando a su teléfono móvil. Una rápida mirada le bastó para comprobar que era Lola. No se molestó en colgar y volvió a quedarse dormido. Algo le despertó sobre las tres de la madrugada. Era el teléfono fijo, no paraba de pitar. Se levantó farfullando algunas maldiciones con cara de malhumor y descolgó el auricular.
-¿Quién coño llama a estas horas de la madrugada?-preguntó, pero en cuanto la mujer que hablaba le contó de qué iba todo aquello, se le quedó un amargo rictus pintado en la cara.
Se levantó de un salto.
-¡¡LOLA!!-bramó con todas sus fuerzas antes de cambiar su chaqueta por otra más abrigada y salir corriendo de aquella casa. Todavía se escuchaba la voz de aquella mujer en el teléfono.
-...creemos que el choque contra el guardarraíl pudo haber sido intencionado, pues ella estaba llorando y en el asiento del copiloto había varias botellas de bebidas alcohólicas... ¿Señor? ¿Señor, está usted ahí? 

Joseph llegó en unos veinte minutos y dejó la motocicleta aparcada de mala manera en el primer lugar disponible que encontró. Corrió hasta llegar a la puerta del hospital y subió a toda prisa las escaleras hasta llegar al pasillo donde estaba situada la habitación en la que se hallaba Lola. Un hombre ya maduro le cortó el paso.
-Buenas noches, señor. Soy policía. Me llamo John Desmond y...
-Dígame de una vez dónde se encuentra Lola.-lo interrumpió.
-De eso justo quería hablarle. Está en la habitación 144. Antes de morir dijo, con los ojos cerrados y en bajo, "perdóname". Si no le importa me gustaría hacerle unas preg...
-Sí me importa. Adiós.-respondió Joseph, y corrió a la habitación número 144. Abrió la puerta sin detenerse para llamar y vio a Lola.
Estaba en la cama, con los ojos cerrados. Se acercó lentamente a ella con el rostro mojado y cubierto de lágrimas y, sentándose en la cama, la levantó con los brazos, cuidadosamente.
-Lola, Lola, Lola... Lola...-susurró cuando su voz se quebró y no pudo continuar hablando.-lo siento tanto...-dijo con un hilo de voz cuando dejó de llorar con tanta intensidad.-lo siento mucho, Lola... estaba tan enfadado que no me di cuenta de que habías tenido el valor suficiente para pedirme disculpas por un pequeño desliz causado por una discusión conmigo y el alcohol... Aún recuerdo cuando éramos jóvenes.-dijo cerrando los ojos.-Sí, éramos mejores amigos, y quedamos en el parque... el mismo donde ayer a la tarde acabó todo, el mismo donde hace más de tres años comenzó la mejor época de mi vida. Te hice un truco de magia... hice aparecer una rosa de color tan rojo como la sangre que corre por mis venas gracias a que haces latir mi corazón. Era una rosa tan bella como tú, como tus manos, tus piernas, como tus ojos cristalinos y castaños. Lola...
Recordó las palabras que había dicho el policía y besó su frente mientras lloraba y, en sus brazos, la mecía a los lados como a un bebé.
-Te perdono.-fue capaz de decir antes de recordar otra cosa. Antes de recordar la frase que, muy dolido, le había dicho, "No, Lola. Estando borracha puedes tener un accidente de tráfico, pero no acostarte con otro hombre". Lola. Borracha. Accidente de tráfico.
Sacó la navaja que guardaba en una bota por si le surgía una emergencia, como que le atracaran, y besó a Lola en los labios por última vez. Fue un beso cargado de recuerdos, de amor, de cariño y de tristeza. Cargado de rabia y arrepentimiento por haber actuado de una forma tan egoísta.
-No te abandonaré. Nunca te abandonaré. Nunca. Te quiero.-susurró apretando la afiladísima hoja de la cuchilla contra su cuello.

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